sábado, 16 de abril de 2016

Zen, cuando escribo...


(Extracto de "Recuerdos para Meditar" by Peri)
Aquel momento fue hermoso.
Mientras paseaba ensimismado, camino de nada, por un tatami natural convertido en pradera, escuchaba muy cerca de mí las gotas de lluvia que caían del cielo...hasta quedar empapado.

Una vez mojado, sentíame lleno de naturaleza, y traté de identificarme con el lejano arco iris que se entreveía a través de las nubes que en el cielo flotaban, como yo, sin prisas.


Estaba pasando la tormenta, y el cielo de nuevo quería tornarse en celeste claro. De pronto el sol asomó su corona, y todo el camino y sus alrededores se iluminaron jovialmente. Siguieron las gotas cayendo, pero esta vez como queriendo acariciar mi rostro mojado. Pocas nubes quedaban allí en lo más alto, pero eran más grandes y blancas que antes. El arco iris lejano emanaba los siete colores característicos, y a su vez el sol, tímido, se dejaba ver invitando a la tormenta a que se alejase.


Volvía a escucharse el canto de los pájaros, el sonido del viento en las hojas de los árboles, y alguna cigarra protestona. Sin pensarlo, pero consciente, dirigí mis pasos hacia un árbol con apariencia de sabio, y sentándome a sus pies, miré distraído y sin profundidad.
Todo estaba tan bello y mojado por la lluvia, que el reluciente sol brillaba con delicadeza, y se reflejaba como si vergüenza le diese, en cualquier rincón, lugar o escondrijo, sin saber que contribuía a que todo fuera más hermoso aún.


Antes, ya había notado lo mojado que me encontraba, pero fue en ese instante cuando lo sentí.


Me despojé de mis ropas, las colgué en una de las ramas del majestuoso árbol y volví a sentarme.
Ahora el cielo estaba ya despejado, celeste azulado; los pájaros anunciaban su felicidad mediante el canto; las flores movíanse armoniosas en relación a las ramas de los árboles, y el sol, reía allí arriba.


Tan contagiosa era su risa, que al fin reí también yo. Lo hizo después el árbol, rieron las ropas colgadas, las flores, los pájaros.


Sin decir palabra alguna, alcancé las ropas todavía húmedas, vestí mi cuerpo y eché a caminar, como queriendo prolongarme sin que se diera cuenta nadie, ni 

siquiera yo, ni siquiera mis piernas...únicamente, la ilusión de mis pasos.

Desde entonces, cada día encuentro algo bello.

(Peri)

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